viernes, 9 de mayo de 2014

Libro | El zoo de Joaquín


El “laboratorio peligroso” de imágenes que Pablo Bernasconi  reconoce tener en su “cabeza-estudio” merece un análisis  en profundidad por parte de algún científico del arte  y la palabra. KALANDRAKA se adentra en ese taller creativo  tan sugerente para descubrir una pizca de la imaginación desbordante de sus obras. Ya lo demostró como ilustrador del libro “27 historias para tomar la sopa”, de Úrsula Wölfel, y con “El zoo de Joaquín” despliega también todo su talento. 

“Me gustan las mutaciones, los cambios de contexto totales,  las metáforas por unión de referentes”, explica Bernasconi.  El texto de este relato rimado podría ser la historia de cualquier niño ávido de curiosidades, convertido en inventor de sus propios artefactos, hechos con los objetos más inverosímiles: un perro-lavadora, un ratón-teléfono o un pájaro-estropajo, son algunos seres a los que da vida. 

“Me gusta generar discursos e ideas a partir de la animación del objeto inanimado”. Así, Bernasconi asigna nuevos usos y significados a objetos que nada tienen que ver con el resultado de sus insólitas creaciones. “Me gustan los contrastes, explorar las relaciones entre formas y conceptos, entre texturas y colores”, añade el autor que, además, es muy perfeccionista con su trabajo. 

Comienza elaborando bocetos de toda la obra y posteriormente recopila “casi intuitivamente” los elementos necesarios para dar forma a sus ideas: “...Saco fotos, rompo cosas, martillo aparatos, incendio papeles”. El resultado es un universo único al que los lectores querrán viajar una y otra vez a través de las páginas de este libro.

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